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Iglesia de Cupilco
Construida en 1932, la iglesia de Cupilco es reconocida internacionalmente como el templo de los 100 colores, atrae a turistas nacionales y extranjeros por su estilo pintoresco, en su interior resguarda la imagen de la virgen de la Asunción.
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IGLESIA DE CUPILCO

Cupilco ha existido desde la época prehispánica y se menciona en las crónicas del siglo XVI de Bernal Díaz del Castillo y en las cartas del informe de Cortés, donde la identifican como una encrucijada importante de la Chontalpa.

Según algunos estudios Cupilco representó en el momento de la triple alianza mexica (y la llegada de los españoles) una unión de conexión o tal vez una base comercial-militar estratégica (Cupilcón en náhua significa «el lugar de la armadura» pero también del «Regreso») a lo largo de las rutas de cacao entre Tabasco y el valle de México.

Construida en 1932, la iglesia de Cupilco es reconocida internacionalmente como el templo de los 100 colores, atrae a turistas nacionales y extranjeros por su estilo pintoresco, en su interior resguarda la imagen de la virgen de la Asunción a la que devotos de todos los continentes han ofrendado con joyas de oro. Su arquitectura elaborada por el artesano Leopoldo Pérez está integrada por ladrillos de barro rojo, yeso y concha de ostión.

Guillermo Arias uno de los colaboradores de su construcción dijo que pobladores de Cupilco trituraban las conchas de ostión que mezclaban con cal para pegar los bloques que hasta la fecha forman sus columnas y paredes.

Antonio Arias constructor de la parroquia, detalla que la iglesia se construyó con la cooperación de los feligreses, pero los retoques de las columnas se dieron por parte de Leopoldo Pérez de Jalpa y Antonio Arias de Comalcalco.

 

LA VIRGEN DE CUPILCO

 

Según las reconstrucciones, la estatua de madera de la Virgen (de origen español o francés), fue encontrada por algunos habitantes del pueblo maya de Ayapa, colidante a Cupilco, en una playa del Golfo de México, en la Barra de Tupilco. Estaba en un cayuco lleno de arena fina, junto con una caja de joyas y objetos preciosos, incluidas coronas y, típica de la dote mariana del siglo XVII, dos lunas crecientes plateadas. Aunque algunos estudiosos atribuyen la presencia en la playa de la estatua, y su dote de objetos sagrados, a los probables efectos de un naufragio, incluso la Cupilqueña no escapa al sustrato sincrético que acompaña a todas las experiencias marianas en el Virreinato de Nueva España, como nos enseña David Brading, a partir del prototipo de superposición entre el culto guadalupano y la diosa Tonantzin en el Cerro del Tepeyac de la Ciudad de México.

Desde que los mayas de Ayapa entregaron la Virgen a la pequeña comunidad náhuatl de Cupilco, esta se convirtió rápidamente en el centro de su sistema cosmogónico y ritual. A lo largo de los siglos, los cupilqueños han defendido a la Virgen primero de los españoles, luego de los franceses, durante el imperio efímero de Maximiliano de Habsburgo (1864-1867), finalmente del Estado mexicano y, durante un cierto período, de las mismas autoridades eclesiásticas. Las políticas de «desfanatización» del mundo rural puestas en práctica por Garrido Canabal, culminadas en varios auto de fé públicos de cruces, santos y confesionarios, empujaron a los mayordomos de Cupilco a esconder a la Virgen en los popales, donde permanecieron al menos seis años, mudando en varias casas de barro, protegidas por una guardia particular.

El colorido templo se remonta a los años cincuenta del siglo XX, cuando el obispo José de Jesús del Valle comenzó a interesarse por la “cupilqueña” y comenzó a evaluar la posibilidad de establecer una parroquia en el poblado –, la Virgen de la Asunción fue cuidadosamente alojada, curada y vestida durante siglos en pequeñas capillas o chozas de guano, madera y barro seco.

Una cofradía femenina informal ha sido responsable del cambio de vestimenta de la Virgen durante siglos. Una práctica que todavía se realiza cada 15 días, cuya preparación es encargada, en rotación, a una familia de la comunidad, a través de un sistema de cargos que constituye el marco social del mecanismo de bienestar tradicional de la aldea. Detrás de este ritual, de hecho, hay un sistema móvil de asistencia social para los pobres de la comunidad y el núcleo duro de una red informal de peregrinaciones que a lo largo de los siglos han permitido a la comunidad autogestionar la hospitalidad de los visitantes procedentes de otros lugares, indígenas y, en tiempos más recientes, mestizos, de la región.

Cuando, desde los años 70, Cupilco se erigió finalmente en parroquia (insertando también la parte zoque de Ayapa, separada solo en 2016, además de Iquinuapa y Mecoacán), uno de los principales problemas consistió precisamente en establecer una relación equilibrada entre el sacerdote y la comunidad. En el pasado reciente, tampoco faltaron tensiones, enfrentamientos, angustias y hasta religiosos obligados a huir del poblado por la noche.

En este sentido se desarrolló en la última década un paciente trabajo de pacificación llevado a cabo por un misionero italiano, don Enrico Lazzaroni, al frente de un equipo de colaboradores locales y de la región chol del estado (Marco, Fredy y María Isabel de la Cruz). Un trabajo basado en el respeto a los roles, tareas y prerrogativas culturales y de género.