IV.- LA RUTA DE LAS CAJAS

Por: Armando Guzmán

Luego de la violenta expulsión de los perredistas de Plaza de Armas, el 19 de enero 1995, la tensión por el entrampamiento del conflicto postelectoral en Tabasco comenzó a degenerar en violencia.

A una semana de esos acontecimientos, la madrugada del 25 de enero, en el municipio de Cárdenas, el domicilio de los padres del diputado y líder estatal del PRI, Nicolás Haddad López, fue baleada desde un automóvil por sujetos no identificados.

Cuatro balas calibre 38 súper entraron en la recámara donde dormían la hermana, el cuñado y tres sobrinos del dirigente priista, uno de ellos de 27 días de nacido. Tres de los disparos se impactaron en una de las paredes de la habitación y la otra en la parte de afuera de la casa de dos plantas, en pleno centro de la ciudad.

El ataque se produjo cuando en Villahermosa y otros municipios, empezaron a aparecer, en paredes de comercios, volantes que rechazaban “nuevas elecciones” y otros que incitan a los tabasqueños a matar a dirigentes perredistas.

Uno de los volantes distribuidos profusamente en hojas tamaño  oficio, decía textualmente:

“Tabasqueño. Tu que quieres a tu pueblo mátalos donde los encuentres a: Andrés M. López Obrador, Darvin González Ballina, Luis Priego Ortiz, Porfirio Muñoz Ledo”.

Más abajo del volante, aparecían fotografías de los cuatros, con la leyenda: “estos son perredistas”, no obstante que Priego Ortiz era dirigente de la organización priista Democracia 2000.

Mediante un comunicado, la  mayoría priista en el Congreso virtualmente culpó a Andrés Manuel López Obrador del atentado que sufrieron los padres de Nicolás Haddad, quien, señalaron, ponía en evidencia “su doble discurso, ya que por un lado dice que pondrá en práctica los postulados de Martín Luther King y Mahatma Gandhi, pero por el otro practica los de Al Capone”.

Mientras tanto, López Obrador llegó esa tarde de la ciudad de México y de inmediato se trasladó al municipio de Jalpa de Méndez para preparar “la cuarta etapa de la resistencia civil”.

Para el mes de febrero, a tres meses del conflicto postelectoral, Tabasco tenía dos gobiernos: el constitucional, impugnado, de Roberto Madrazo Pintado y el “gobernador popular” como se auto designó Andrés Manuel López Obrador en el municipio de Cunduacán, el 19 de febrero de 1995, ante unos tres mil perredistas.

Ahí mismo, López Obrador anunció las primeras tres acciones  “del nuevo gobierno popular”, paralelo al de Roberto Madrazo: fundación de la Universidad Popular de la Chontalpa, comercializadora de productos agrícolas y  programa emergente de empleos.

Con excepción de la Universidad de la Chontalpa, las otras dos acciones del “gobierno popular” quedaron en promesas.

Ante el reto de no disponer de recursos, los proyectos habrían de consolidarse “con imaginación, talento, inteligencia y apoyo del pueblo”, indicó el líder opositor.

Sin embargo, días después rechazó haberse autonombrado “gobernador popular”.

“Como dirigente organizo al pueblo para que se autogobierne. Eso es un gobierno popular. Si el poder dimana del pueblo el pueblo tiene derecho autogobernarse. No me autonombré gobernador popular ni lo habrá. Yo lucho por la democracia no por alcanzar sólo la gubernatura”, dijo entonces a la revista Proceso.

-¿Entonces, existen ya dos gobiernos en Tabasco?

“Sí, porque nosotros no reconocemos el gobierno espurio de Roberto Madrazo, quien, de paso, no tiene proyecto de gobierno. Y el pueblo, reitero, tiene derecho a autogobernarse mediante un gobierno popular”, sostuvo.

Madrazo y Zedillo, hasta el 2000

Ante el clima de represión y asesinatos, López Obrador optó por sacar su movimiento de Tabasco. Al frente de alrededor de 300 perredistas, el 23 de abril salió con su segundo éxodo a la Ciudad de México para exigir solución al conflicto postelectoral y cambios a la política económica del presidente Ernesto Zedillo.

Cuando el 13 de mayo los exodistas caminaban por el puerto de Veracruz, se enteraron que el presidente Ernesto Zedillo había viajado intempestivamente de Campeche a Villahermosa para inaugurar la feria anual de Tabasco.

En Campeche, con motivo de una reunión con gobernadores de Estados Unidos, Zedillo se acercó a Madrazo, lo tomó del brazo y le preguntó: “¿Cómo te va en la feria?”

—”Bien”, respondió Madrazo.

–Oye, y ¿si hacemos la gira hoy?

–¿Qué tal si vamos a la feria? ¡Inaugúrela usted! –ofreció Madrazo.

Y sí, por la tarde llegaron al parque La Choca, donde el presidente expresó, ante la concurrencia: “Quiero decirles, quiero asegurarles, que Roberto Madrazo y yo trabajaremos juntos hasta el año 2000”.

El empresario Ignacio Cobo González, yerno del ex gobernador Mario Trujillo, estalló en júbilo: ¡a ver si así los perredistas se dejan de mamadas!

Atrás quedaba la ausencia de Zedillo en la toma de posesión de Madrazo, el 31 de diciembre de 1994. Y la rebelión priista del 18 y 19 de enero.

Pero el festejo no duró mucho. Menos de 24 horas después, una rebelión policíaca por aumento salarial entró hasta la Quinta Grijalva. Roberto Madrazo salió huyendo por la puerta de atrás.

El general Alfredo Zavala, el experto “antiguerrilla”, fue cesado de la dirección de Seguridad Pública. Y el gobernador convirtió en búnker la Quinta Grijalva.

Contrató un sofisticado equipo de seguridad con circuito cerrado de televisión y 90 guardaespaldas adiestrados por instructores españoles. Adicionalmente, mandó a blindar cuatro vehículos.

Todo costó alrededor de 5 millones de pesos y fue adquirido a la empresa Nutriónica S.A de C.V., propiedad del español Ramón Requeijo Abad.

El 23 de abril de 2002, Requeijo Abad y Jesús Vázquez Raña fueron encontrados muertos y encajuelados en Tlalnepantla, Estado de México.

La procuraduría de Justicia de esa entidad informó que fueron hallados dentro de la cajuela de un automóvil Audi 2002 frente al número 65 de la calle Cumbres de Acutzingo, colonia Pirules de Tlalnepantla.

El subprocurador de justicia, Roberto Figueroa Velásquez, dijo que la necropsia estableció que ambos murieron por ahorcamiento o asfixia y tenían dos días de haber fallecido.

LA RUTA DE LAS CAJAS

La tarde del sábado 3 de junio de 1995, el Éxodo por la Dignidad y la Soberanía Nacional entró al zócalo capitalino. Atrás quedaban mil kilómetros de marcha en 41 días. Seis semanas de mal comer y dormir, frío, lluvia, calor y enfermedades. Al frente del contingente, de más de mil perredistas, Andrés Manuel López Obrador. Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz se sumaron tres kilómetros atrás.

En el corazón político de la República esperan más de 40 mil simpatizantes de estos curtidos tabasqueños con sed de justicia. La algarabía estalló cuando López Obrador tomó la palabra:

“Hemos caminado hasta el cansancio y no estamos cansados. Ver esta recepción cura cualquier herida, cualquier ampolla. Aleja cualquier dolor y fortalece el corazón…”

Emocionado, con voz quebrada, continuó:

“Todavía no se ha escrito la historia de la verdadera  solidaridad del pueblo de México. Es impresionante la generosidad de nuestro pueblo, sobre todo del pueblo pobre, de los más humildes. Siempre nos apoyaron con comida, con agua, con cobijas, con techo, con decisiones, con todo…”

En Tabasco, Roberto Madrazo preparaba una masiva concentración para el domingo 4, a fin de conmemorar el 26 aniversario del fallecimiento de sus padres Carlos Alberto Madrazo Becerra y Graciela Pintado Jiménez, muertos el 4 de junio de 1969 cuando el avión en el que se dirigían de la Ciudad de México a Monterrey se estrelló en el Pico del Frayle.

Quería demostrar que contaba con el apoyo del pueblo tabasqueño. La esperada concentración de más de 20 mil asistentes se redujo a unos 5 mil. El masivo acarreo fracasó.

Y ante los ex gobernadores Manuel Gurría Ordóñez, Mario Trujillo García y José María Peralta López, así como de la lideresa nacional del PRI, María de los Ángeles Moreno, el cuestionado gobernador reiteró:

“Con mi honor y voluntad en garantía aquí estoy y estaré hasta el final de mi mandato, para el que ustedes me eligieron. De aquí al año 2000 todos los días, a todas horas, sólo tengo una emoción y una única responsabilidad que ocupa y ocupará mi tiempo: ¡gobernar Tabasco de la mejor manera!”

Dos días antes que el Éxodo por la Dignidad y la Soberanía Nacional llegara a la Ciudad de México, un grupo de perredistas empezó a observar “mucho movimiento” en una casa deshabitada en la colonia Indeco-Ciudad Industrial.

De camionetas con logotipos del PRI y del gobierno estatal bajaban cajas y de inmediato las introducían. La sospecha de que fueran boletas “del fraude electoral” se clavó en el corazón de los perredistas. Con mayor razón si la casa era propiedad de Ana Bertha López Aguilar, directora de Contabilidad de la secretaría de Finanzas del gobierno estatal, “brazo derecho” del subsecretario de Egresos de la dependencia, Gastón Viesca Flores, quien había sido subsecretario de Finanzas del Comité Directivo Estatal del PRI durante la campaña de Roberto Madrazo.

Los perredistas acudieron a la sede de su partido y avisaron al senador Auldárico Hernández Jerónimo de lo que habían visto. Este les pidió investigar. Al día siguiente regresaron e informaron al senador que habían espiado al interior de la casa y que sólo se encontraban las cajas. Si conseguían un vehículo podrían sacarlas.

Un “raterillo” que participó en el violento desalojo de perredistas de Plaza de Armas, el 19 de enero, se ofreció abrir la casa, inconforme porque no le pagaron “su participación” para que Madrazo entrara, a sangre y fuego, al Palacio de Gobierno.

El senador proporcionó 500 pesos. Se rentó una combi y en la  madrugada se realizó el operativo. Se metieron a la casa y las sacaron. El vehículo tuvo que hacer tres viajes para cargar las 45 cajas. Por la tarde, avisaron a Hernández Jerónimo que ya tenían “eso” en su poder.

El senador enteró al diputado federal, Octavio Romero Oropeza. Se acordó que las cajas fueran llevadas al domicilio de éste. Tan luego llegaron, el dirigente estatal y secretario general del PRD, Darvin González Ballina y Alberto Pérez Mendoza, empezaron a destapar y revisar las cajas.

-¡Esto es oro molido!…¡Ahora sí se los llevó la chingada!, gritó eufórico Pérez Mendoza.

Romero Oropeza habló telefónicamente con López Obrador para enterarlo del hallazgo “muy importante”, sin mencionar el contenido por lo “delicado del asunto”.

Obrador respondió que lo alcanzaran en el éxodo que estaba por entrar a la Ciudad de México. La llamada fue interceptada por el gobierno de Madrazo y entre allegados del mandatario se comentaba que los perredistas tenían “algo grueso” en sus manos.

Romero, Pérez Mendoza y Ballina acordaron que, de inmediato, el senador Auldárico llevara las cajas “de volada” a López Obrador.

El preciado tesoro que exhibía en toda su dimensión la forma en que el candidato priista había ganado “limpiamente” la gubernatura de Tabasco, fue subido a la camioneta RamCharger del senador y tapado con cobijas.

A las 10:30 de la noche del 4 de junio, acompañado sólo de Teófilo, su chofer y su secretario, Hernández Jerónimo emprendió la marcha hacia el Distrito Federal.

En los límites de Tabasco y Veracruz, la pesada carga del vehículo llamó la atención de la Policía Federal de Caminos. Una  patrulla le dio alcance y los agentes hicieron señales para detenerse. El senador perredista bajó, se identificó y, para evitar la revisión, explicó que llevaba alimentos a los exodistas tabasqueños.

Ante el riesgo de nuevas revisiones, los viajeros prácticamente se echaron “al monte”. Durante casi dos días, alternaron el uso de autopistas, carreteras libres y caminos de terracerías.

Durante el viaje, el secretario del senador, contador de profesión, revisó parte de la documentación y lo enteró de la  “bomba” que llevaban.

“Creció el temor que nos interceptaran y nos desaparecieran por el costo político que significaba para Madrazo la documentación que llevábamos”, relató el senador Hernández Jerónimo.

Así, llenos de presagios, temores y permanente sensación de “alegría y miedo a la vez”, arribaron a la Ciudad de México.

En el zócalo capitalino, el desánimo se reflejaba entre los exodistas tabasqueños. Su líder, Andrés Manuel López Obrador, estaba abatido. Hambrientos y enfermos, habían caminado mil kilómetros para denunciar el “atraco electoral” de Roberto Madrazo, pero no había elementos contundentes para probarlo.

El senador ordenó a su chofer aparcar la camioneta  a un costado de la delegación Venustiano Carranza y buscó a López Obrador. Ahí descansaban los marchistas.

López Obrador estaba en una entrevista. Lo esperó y cuando regresó le dijo que llevaba unos documentos “muy importantes”, pero “casi ni me hizo caso, ni me peló”.

López Obrador “estaba tan abatido y desesperado que, incluso, se planteaba el regreso a Tabasco porque no tenía caso seguir en el Zócalo, ¿para qué?, era la pregunta que nos hacíamos”, recordó Hernández Jerónimo.

Entonces, el senador buscó a Enrique Fernández Valdés, destacado líder perredista tabasqueño: “Oye Enrique, Andrés no me pela, vamos a revisar lo que traigo y después hablamos con él a ver si tú estas convencido como yo de esto”, le dijo.

Sacaron una caja de la camioneta y cuando Valdés revisó su contenido, exclamó: ¡Puta Madres…qué es esto!..¡Estamos locos si no usamos esto!…  Fue cuando “ya en serio” se avisó a López Obrador de lo que se trataba y para convencerlo se le llevó un expediente. Lo encontraron tomando café mañanero en un restaurante cerca del zócalo. Sobre la mesa pusieron un legajo de documentos.

-¡Andrés, mira esto!, casi gritaron.  Sin el menor entusiasmo, el líder perredista inhaló profundamente su inseparable Raleigh y empezó a hojear minuciosamente el documento. Conforme avanzaba, hojeaba con mayor rapidez al mismo tiempo que su alicaído rostro se transformaba en alegría.

“Esto sí es un chingadazo contra Madrazo”, comentó jubiloso López Obrador y pidió reunir de inmediato a todos los contadores que estaban en el éxodo.

Para revisarlas, las cajas fueron divididas y llevadas a dos hoteles, uno de ellos el “Catedral”, donde fueron analizadas y clasificadas.

Durante ese tiempo, Chuy Falcón –chofer de López Obrador- “muy temeroso cambiaba cajas de un hotel a otro”, y el desánimo de los exodistas terminó pues empezó el rumor de que se estaba preparando “un movimiento muy importante”, relató Hernández Jerónimo al corresponsal de Proceso al revelar, por primera vez, la ruta de las “cajas de la infamia” de Tabasco al zócalo capitalino. En principio, dieron la versión de que desconocidos las habían entregado en el Zócalo por protección al “pellejo”, pues Carlos Salinas “y su mafia” estaban en el poder, así como para salvaguardar a quienes “operaron” para que las cajas llegaran a sus manos.

“Las condiciones son otras. Y es algo que tenía muy dentro de mi conciencia y mi corazón para darlo a conocer algún día. El pueblo de México debe conocer la verdad histórica. Siempre tuvimos la razón en nuestra denuncia contra Madrazo: llegó al gobierno mediante el fraude”, narró Hernández Jerónimo al reportero.

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