ANGEL GIL HERMIDA

El escultor Ángel Enrique Gil Hermida, nació el 17 de noviembre de 1897 en la casa de la calle Zaragoza 810, hoy Museo de Cultura Popular; falleció el 9 de enero de 1985, hijo único de don Enrique Gil y doña Candelaria Hermida Moguel.

Desde niño definió su gusto por el arte destacando entre sus compañeros de clase en el modelado de plastilina así como en el dibujo, es por ello que desde temprana edad fue llamado para realizar los diseños de los vestuarios que portaban las embajadoras en la elección de la Flor más Bella de Tabasco, así como para la realización de los 17 carros alegóricos de los municipios del estado, lo cual lo llevó a ser designado por las autoridades estatales -a sus 23 años de edad- como el Director del Museo de Tabasco, ubicado en esa época en la esquina de las calles Francisco I. Madero e Ignacio Zaragoza.

Amigo de poetas, cantantes, historiadores, gobernantes y políticos, destacando entre ellos el “Poeta de América” Carlos Pellicer Cámara, y el escultor José del Carmen Pérez Alejandro (Don Carmito), los cuales establecieron, junto con Ángel Enrique, en su residencia natal un espacio cultural donde los habitantes de la ciudad participaban en eventos culturales: conferencias, exposiciones y otros.  Era común la visita de personalidades del gremio político y cultural así como del público en general, para admirar los nacimientos monumentales que él diseñaba y decoraba abarcando toda su casa, los cuales mantenía en exhibición todo el mes de diciembre, hasta el día 2 de febrero en que se celebra a la Candelaria.

El ambiente bohemio que en esta casa se vivía, logró que a través del tiempo la denominaran “La Mansión del Arte” calificada así por el poeta Ramón Galguera Noverola, razón por la cual y de manera no oficial, se erigiera como sede para recibir a los diplomáticos que visitaban Tabasco. Es así como dona en vida la casa que lo viera nacer en la calle Ignacio Zaragoza al Gobierno del Estado, para que se convirtiera en un museo cuya misión es divulgar las tradiciones y costumbres del estado de Tabasco. De esta forma, se abre al público el 16 de octubre de 1984 el Museo de Cultura Popular Ángel Enrique Gil Hermida.

Los nacimientos de don Ángel Enrique Gil Hermida, en la Villahermosa de ayer

Por: Jorge Priego Martínez

En los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, para todos los villahermosinos y para quienes llegaran a esta ciudad en los días comprendidos del 16 de diciembre al 2 de febrero de cada año era obligado hacer una visita a la casa de don Ángel Enrique Gil Hermida, para admirar el hermoso nacimiento que montaba en toda la gran sala de su casa, ubicada en la calle de Zaragoza, precisamente donde ahora se encuentra el Museo de Cultura Popular, recinto cultural que lleva el nombre del antiguo propietario de la casona que lo alberga.

Los nacimientos de don Ángel Enrique Gil Hermida, eran justamente famosos por su belleza y buen gusto, además de contar con la tradición iniciada a fines del siglo XIX por su señor padre, don Enrique Gil Hinójar, quien organizaba uno de los más bellos nacimientos de la vieja San Juan Bautista, que rivalizaba con los de la cuasi legendaria doña Chica Pérez, del barrio de La Punta, con los de la maestra Luz Loreto, los de don Tano Cortázar y los de doña Chona León. Pero, por si lo anterior fuera poco, el hecho de que don Ángel fuese un artista plástico fuera de serie, que conjugaba todo su amor y saber en la construcción de sus espléndidos nacimientos, los hacía mucho más interesantes y originales.

Ciertamente que las figuras de El misterio, como llamamos en Tabasco al grupo escultórico que forman la virgen María, san José y el Niño, eran originarias de la Italia decimonónica, talladas en madera y policromadas con la maestría que caracteriza a los artífices ítalos —lo mismo que los Reyes Magos, la mula y el buey, y uno que otro pastor, herencia de sus padres—, pero la mayoría de ángeles, animales y demás ornamentos de su excelente obra anual era producto del arte, la entrega y la paciencia de don Ángel. Aún recordamos la estatuilla de la Samaritana y otras más de singular belleza, que engalanaban año con año el monumental nacimiento.

Para elaborar sus figuras, este modesto y talentoso artista tabasqueño utilizaba los materiales más variados: barro, yeso, cartón, madera o papel, con los que formaba camellos, pastores, ovejas, palacios, jardines, fuentes, ¡todo! Y junto a estas obras escultóricas, su mágico y amoroso pincel plasmaba en lienzos o en las propias paredes de la sala: oasis, nubes con ángeles, ciudades que se perdían en la lejanía, caravanas que se alejaban, peregrinos que acudían a visitar al Dios Niño, nacido en el portal que don Ángel fabricaba con tablitas, cartones, tierra, pintura, hierbas, cariño y arte, ¡mucho arte!

Si Pellicer se jactaba de conjugar en sus maravillosos nacimientos la música, la pintura, la escultura y la poesía, don Ángel no le iba a la zaga, pues en los suyos estaban presentes todas las artes plásticas con un inmenso contenido poético.

¿Por cuánto tiempo fuimos impacientes admiradores de los nacimientos de don Ángel Gil? No lo recordamos. Pero cada año, desde los primeros días de diciembre, en nuestra niñez diariamente pasábamos por su casa, tratando de ver los adelantos del ansiado espectáculo. Comprobar que ya casi estaba por terminarse, nos adelantaba el regocijo que nos causaría el admirarlo en toda su magnificencia. Los ojos infantiles se nos llenaban de asombro ante las perspectivas logradas por el viejo artista de la ciudad lejana que parecía suspensa en el cielo, velada por la bruma o las reverberaciones del desierto; las perfectas figuras nos entusiasmaban y los coros de ángeles nos hacían soñar con la gloria prometida de que nos hablaban en la doctrina dominical.

Pero un año el nacimiento quedó a medias, y al siguiente ya ni siquiera se comenzó su elaboración. Don Ángel había perdido agilidad y su posición económica no le permitía realizar los gastos inherentes al montaje de su monumental obra de cada Navidad. Desgraciadamente, nadie acudió en su ayuda. Poco a poco las figuras fueron desapareciendo. Primero fue el bellísimo Niño Dios del siglo XIX, heredado por don Ángel de sus padres. Se lo robaron. Pero no como se acostumbra en algunos casos, para devolverlo después con rezos y cantos, preámbulos de una rumbosa fiesta. No, se lo robaron en un acto vandálico y ruin. Luego, mucha gente, cuyos nombres nos revelara el propio don Ángel en el año de 1970, se apoderó, mediante diversas artimañas, de sus artísticas figuras y de las antigüedades que poseía, con las promesas incumplidas de pagar por ellas o sólo llevarlas en calidad de préstamo. La más grande pobreza invadió la vieja casona de la calle de Zaragoza. Los techos de la recámara principal cedieron, y el viejo se refugió en las ruinosas piezas del fondo. La casa, que desde el inicio de los años sesenta don Ángel donó al pueblo de Tabasco, no fue reparada por ningún gobierno. Se dejó materialmente que casi le cayera encima.

Sus últimos días don Ángel los pasó en el asilo de ancianos, pero antes de morir tuvo la satisfacción de ver su antigua casa reconstruida y albergando al Museo de Cultura Popular.

Cuando se acerca la fecha que nos recuerda el nacimiento de Jesús y que ya celebramos como una fiesta pagana más, plena de formulismos y ayuna de religiosidad, siempre guardamos un recuerdo para los nacimientos que en nuestra niñez recorríamos, que eran muchos y todos muy bellos. En la calle de Iguala siempre nos impresionaba uno con juegos mecánicos: la rueda de la fortuna, la silla voladora, los caballitos… una feria completa en miniatura. Lo mismo nos sucedía con el de don Gabriel Santandreu en la loma del 5 de Mayo, con sus figuras de gran tamaño, contrastando con otro en miniatura que podía admirarse cerca del grande. Pero sin duda, el que más nos gustó siempre, nuestro nacimiento preferido, fue el don Ángel Gil. No sólo porque era el más grande o el más bonito, sino porque intuíamos quizá que cada centímetro cuadrado de aquel nacimiento significaba muchas horas de trabajo creativo en un acto de amor sin precedentes, un acto de entrega del viejo creyente al divino niño, de lo más puro de que siempre guardamos en el corazón, a pesar de nuestros yerros, de nuestra mezquindades. Don Ángel trabajó siempre con infinito amor el montaje de la escenografía, la hechura y la colocación de las figuras que darían vida a su representación del momento más sublime que ha vivido jamás la humanidad: el nacimiento de Dios entre los hombres.

Fuentes:

  1. Bajo la Mirada de la Ceiba, Artistas Plásticos de Tabasco – Luis Acopa y Juan de Jesús López – UJAT 2006.
  2. Diccionario Institucional – UJAT 2007.
  3. Los nacimientos de don Ángel Enrique Gil Hermida, en la Villahermosa de ayer _ El Correo Tabasco – Dec. 20, 2013.