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La Vecina Chismosa
Una leyenda del día de muertos.
leyendas, centla, La Vecina Chismosa, José Francisco Jiménez Reyes
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LA VECINA CHISMOSA

Lic. José Francisco Jiménez Reyes
Relatos de la abuela, RT 2013.
Dedicado para mi abuelita Carmen Hernández Carrillo (QEPD)

La festividad de los fieles difuntos es sin duda alguna un crisol donde se muestran nuestras creencias pero también se enaltece de una u otra forma la artesanía, nuestra gastronomía y los relatos orales.
Antes cuando no había luz en la ciudad y puerto de Frontera, cabecera municipal de Centla se daba mucho una costumbre en la que los más adultos relataban sus historias, esto también solía ser parte de los velorios y aún más en los días cercanos a Noviembre. Según ellos para que los niños se fueran a dormir temprano, pero en realidad lo que creaban era temor en ellos.
Viene a mi memoria una vieja historia que escuche de la boca de mi abuela Carmen (QEPD) y que posteriormente varias personas del lugar también relataban.
– ¡Yo no sé si se era vecina o chismosa, pero decía mi mamá de que paso, paso!
Cuentan los viejos pobladores que hace años, muchos años existió una mujer muy dada a entrometerse en las vidas de las personas (de esas que no hay) además de contar con otra virtud: la envidia.
Esta dama era muy mal vista por sus vecinos al grado que nadie le dirigía la palabra… por aquellos días llego a una vieja casona de madera una mujer joven y hermosa, recién casada que tuvo la desgracia de vivir a un costado de la casa de aquella perversa mujer.

Esta bella joven venia de fuera, su esposo se dedicaba a la pesca y por aquellos tiempos esta actividad era el principal motor de economía en el puerto, muchas veces los hombres salían hasta por meses con la única finalidad de obtener dinero.
Esta joven mujer se hizo muy “amiga” de la chismosa, se compartían comida, platicaban cuando se encontraban camino al mercado o a la iglesia, en fin poco a poco la curiosa dama fue enterándose de la vida de desgracia que vivió aquella joven y el cómo logro conocer a su esposo. El susodicho era un hombre atractivo aunado a que era trabajador, sin embargo tenía un defecto: era sumamente celoso.
La vecina llena de envidia al ver la suerte con que contaba la bella joven decidió apartarla de su camino pues deseaba lo que ella tenía y empezó a vigilarla día y noche hasta obtener su objetivo.
Cierto día el esposo se fue por varios días a la pesca, la joven se entristecía y temía que a su compañero de vida le ocurriera algo. En su pueblo tenían la costumbre de rezar en vos alta, como una especie de plática con Dios, cosa que la vecina no sabía y como siempre sucede… el sordo no oye pero bien que compone.
Pasados varias noches el hombre regreso pero en su camino se topó con esa mala mujer que él tenía en estima gracias a las pláticas de su esposa.
Ella presurosa conto al hombre que sentía pena por él, pues su esposa cuando el salía de casa ni tarda ni perezosa metía aun extraño hombre en la casa con el cual platicaba hasta altas horas de la noche.
El pescador lleno de celos salió en busca de su esposa a la cual ni siquiera dio la oportunidad de hablar, se abalanzó sobre ella y con un cuchillo que llevaba siempre la hirió de muerte.
Los meses pasaron y el hombre no sufrió pena de cárcel pues la mujer chismosa fue la única testigo y ella se encargó de decirles a los curiosos que quien había matado a la mujer era su desconocido amante que había huido con el arma.
No sabemos si por agradecimiento o amor el pescador contrajo nupcias con la vecina envidiosa y al igual que su anterior esposa era abandonada pues se iba por varios días.
Cuentan que eran los primeros días de Noviembre y los porteños colocaban sus antiguos altares adornados con cortinas y cadenas de papel en blanco y azul, preparaban la tamaliza y se disponían a esperar a sus difuntos al amparo de las velas de unto.
Esta mujer por estar pendiente de la vida ajena pasaba varias horas sentada a su portal (esos antiguos ventanales altos hechos en madera y que daban tanta vista a las casonas de frontera). Cierta noche vio que a lo lejos entre las penumbras se acercaba un grupo de personas, vio que venían como en una procesión: jóvenes, niños y adultos… algunos cantando, otros llorando, varios más rezando y otros silenciosos… todos con un hachón (cirio) con el cual se iluminaban el camino. Muy al final venia una mujer de cabellos largos y vestido blanco que flotaba al viento, en sus manos traía un pequeño bulto. Esta aparición al pasar frente al portal de la mujer chismosa se desprendió del grupo y se acercó a ella…
-¿Me recuerdas? Le pregunto.
– Soy tu vecina aquella que su esposo mato y que no obtuvo justicia.
– ¡Mira! Él es mi hijo, un hijo que era inocente y a causa de tu boca no pudo nacer, por las noches cuando me escuchabas hablar lo que hacía era pedirle a Dios por mi esposo, para que lo librara de todo mal y peligro en el mar.
La extraña mujer levanto el manto que la cubría a ella y al niño y dicen que a esa hora se escuchó un lamento tan horrible que helaban la piel.
Al día siguiente muy de mañana el pescador se dirigió a su casa y al entrar cual no sería su sorpresa al ver a su mujer tirada a un costado del portal, con la boca ensangrentada y la lengua cortada y en sus manos el cuchillo con que asesino a su primera esposa.
Dicen que el hombre de la impresión se volvió loco y en su delirio gritaba que él había matado a su esposa siendo inocente por culpa de su vecina chismosa.
Esta historia ha pasado de generación en generación entre los porteños más ancianos y aun se deja escuchar el relato en la noche de ánimas.
¡Mucho cuidado porque ellas están entre nosotros, nos pueden escuchar y según nuestro comportamiento nos pueden castigar!