Limbano Correa Merino
Limbano Correa Merino, hijo del poeta humorista, el licenciado don Limbano Correa Rodríguez; poeta por herencia, delicado, su poesía parecía quebradiza y frágil por su delicadeza.
Limbano Correa Merino, poeta,
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LIMBANO CORREA MERINO

Por: Jorge Castro Nuño

Nació en San Juan Bautista, hoy Villahermosa, en el estado de Tabasco, el 22 de julio de 1873. Hijo del poeta humorista, el licenciado don Limbano Correa Rodríguez; poeta por herencia, delicado, su poesía parecía quebradiza y frágil por su delicadeza. Era como su cuerpo mismo. Parecía que una misma constitución tenían, él en lo físico, su inspiración en lo espiritual. Y sin embargo su verso es ágil, alado; vigoroso en su entonación, gracioso en su estructura. Una ironía fina, como soplo seráfico y a la vez con malicia punzante de duendecillo, anima la estrofa de Lìmbanito, como le decían, para no confundirlo con su padre, que tiene la suavidad literaria de la buena poesía francesa y al mismo tiempo el filo de una sutil hoja aguda, como la buena literatura de los grandes maestros galos del buen tiempo.

Era una promesa de gran escritor y literato. Cuentista, escribió “Los borreguitos de algodón”, cuento inmortal que entraña una honda, terrible tragedia. Un cuento a la altura de los grandes cuentos de Tolstoi, de Chejov o de Dostoyewski. A pesar de esto, el género sobresaliente de su verso fue el teatral. Desde su niñez cultivó con éxito el juguete cómico. Escribió monólogos y piececitas de género cómico, que se representaban en un teatro juvenil en que él mismo era actor, y llevándolo a cabo en la casa de la familia Montellano, en la capital de la entidad. Su obra cumbre fue “Amor Vulgar”. Falleció en la Ciudad de México, el 22 de octubre de 1905.

A M O R  V U L G A R

De: Limbano Correa Merino
(1904)
(Escenas XII a XV del tercer y último acto)
Escena XII
Lucía sola. (Queda sollozando. Poco a poco los sollozos
se truecan en risa; luego vuelve a sollozar; por último,
se reanima.)
LUCIA: No más llorar… el momento
de terminar ha llegado;
en el sepulcro, callado,
dormirá mi sufrimiento.
Allí miserias del mundo
jamás podrán alcanzarme;
sólo allí puedo librarme
de este sufrir sin segundo (Pausa).
Vida impía, te abandono
en mis más floridos años…
¿Qué me diste?… Desengaños,
martirio… desprecio… encono.
(Pausa.) ¿Porqué tiemblo? ¡No… adelante!
Al dolor hay que dar freno.
(Saca el frasco y lo contempla.)
Tú… desgarrador veneno,
me darás dentro un instante
la quietud, la paz dichosa
que me niegan, insensatos.
Ya no quiero amar a ingratos,
ni a nadie ser enojosa!
¡Oh, padre, yo que era un día
la única luz de tus ojos,
hoy tus injustos enojos
dan fin a la vida mía.
Adiós. Si dolor te he dado,
pon a tu rencor olvido;
yo también mucho he sufrido,
y siempre, siempre te he amado.
Adiós, padre de mi alma;
no llores con desconsuelo;
allá te espero en el cielo
a gozar de eterna calma!
Adiós, mi adorada Rosa,
dulce hermana y compañera:
Dios te bendiga, y El quiera
que Enrique te haga dichosa!
Y tú, Ernesto, mi tesoro,
mi víctima y mi verdugo,
adiós, al cielo no plugo
realizar tus sueños de oro..!
Sé feliz, alma de mi alma,
no recuerdes mi dolor;
busca, bien mío, otro amor
que te dé ventura y calma…
Tú eres mucho para mí;
tal vez ya lo presentía,
y por eso el alma mía
torpe se alejó de ti.
Perdón, Ernesto, la suerte
fue quien me hizo delirar…
Ya me puedes perdonar…
Todo acaba con la muerte!
¡La muerte! Dulce consuelo
que a gozarle me convida…
Adiós, seres de mi vida,
prendas del alma, hasta el cielo!
(Lleva el veneno a la boca, cuando entra Ernesto delirante de alegría. Lucía, al verle, deja caer el frasco, sin haber probado.)
Escena XIII
Lucía, Ernesto.
ERNESTO: ¡ Lucía!
LUCIA: ¡Ah!
ERNESTO: (Arrodillándose.) ¡Perdón!
LUCIA: {Como fuera de sí) ¡Ernesto!
No… No es verdad lo que miro…
¿Tomé el veneno?… ¿Deliro?…
¡Oh, virgen santa!, ¡qué es esto!
ERNESTO: Esto es realidad, Lucía;
tuyo seré hasta la muerte;
al fin se cansó la suerte:
aquella infeliz mentía!
LUCIA: {Haciéndole alzar y atrayéndole hacia ella.)
Deja que te toque, ven:
Eres mi Ernesto, no hay duda.
ERNESTO: El mismo: la suerte ruda
hoy se convierte en edén.
LUCIA: Pero, ¿cómo has alcanzado?
Cuéntame, lo quiero oír.
ERNESTO: A la hora de morir
la infeliz ha confesado!
LUCIA: ¡Confesó! ¡Dios la reciba
en el seno de su gloria!
ERNESTO: Lo que en el mundo fue escoria,
ser ángel no puede arriba.
LUCIA : Voy a contar mi ventura;
espera. {Yéndose.) ¡Padre del alma,
al fin gozarás de calma,
después de tanta amargura! {Se va.)
Escena XIV
Ernesto solo.
ERNESTO: ¿Ah, Dios mío, esto es un sueño!
¡Si mentira me parece..!
Ella mía… se estremece
todo mi ser. Yo soy dueño
de su amor… ¡Oh, qué contento!
Si sufrí para alcanzarlo,
si lloré para lograrlo,
bendigo aquel sufrimiento.
Del dolor la saña impía
que antes desgarró mi pecho,
bien poco fue, si ya el hecho
es que es mía, sólo mía..!
¡Loco estoy! Es travesura
con que se entretiene amor;
antes loco de dolor,
ahora loco de ventura!
Escena XV
Ernesto y Lucía. Luego Rosa y don Anselmo.
LUCIA: (Saliendo muy agitada.)
Ernesto, ven, que me asusta
de mi padre el triste estado;
luego que le hube contado
de mi alegría la justa
razón, se puso encendido…
luego pálido se puso…
ERNESTO: Y..!
LUCIA: Un tanto ya se repuso,
pero está muy conmovido.
En su expresión algo encuentro
que ver tranquila no puedo…
ERNESTO: La emoción…
LUCIA: ¡Yo tengo miedo!
ERNESTO: Vamos, vamos allá adentro.
(Van a entrar cuando Rosa y don Anselmo aparecen. Este
caminando con dificultad: presenta el aspecto de los enfermos
del corazón.)
LUCIA: Aquí están.
ERNESTO: (Corre hacia ellos, abraza a don Anselmo y da la
mano a Rosa.)
¡Maestro, Rosa!
ROSA: ¡Hermano! (Entre todos hacen sentar a don Anselmo en
la poltrona.)
LUCIA: (Aparte.) ¡Triste alegría!
ERNESTO: (Aparte.) Me inquieta su faz sombría.
LUCIA: (Aparte.) Oh, suerte más dolorosa!
ANSELMO: (Con mucho trabajo.)
Cuéntame, que saber quiero
cómo al fin Dios se ha apiadado…
ERNESTO: Veréis; cuando hube marchado
para traer el dinero,
hacia mí llegó jadeante
el hombre de mejor juicio;
ya sabréis quién…
ROSA Y LUCIA: ¡Don Mauricio!
ERNESTO: Y de emoción palpitante
me dijo que agonizaba
la bruja, y arrepentida,
al abandonar la vida
anhelosa me llamaba.
(Durante esta escena don Anselmo permanece sumamente
conmovido y como en suspenso, hasta que la escena lo pida.)
Con rapidez increíble
a donde estaba llegamos,
y al entrar nos encontramos
cuadro repugnante, horrible;
allá en un rincón oscuro,
sobre jergón asqueroso,
la infeliz su doloroso
mal sufría. Olor impuro
al entrar se respiraba;
dos viejas con voz chillona
rezaban, en la poltrona
un sacerdote se hallaba.
Como en el caso es de fijo
sobre un cajón que allí había
un cirio pálido ardía
delante de un crucifijo…
Ella, trémula y violenta,
gruñendo se revolcaba
y por su boca asomaba
espuma sanguinolienta.
ROSA Y LUCIA: ¡Qué horror!
ERNESTO: Apenas me vio
hizo un movimiento rudo;
quiso hablarme, mas no pudo,
y por señas me llamó.
Acerqueme hasta su lado;
tomó temblando mi mano
y en esfuerzo sobrehumano
dijo, con acento ahogado:
“Perdón, Ernesto, la hora
ha llegado de mi muerte;
al mundo traje por suelte
ser indigna y pecadora…
Ante un ministro de Dios
y el Señor Crucificado,
me arrepiento del pecado
que te hirió con golpe atroz.
Tu perdón calma la pena
de esta alma que un cuerpo exhala;
Ernesto, yo fui muy mala…
Lucía siempre fue buena!”
Luego su vista quedó
como envuelta en densa bruma,
su boca echó más espuma
y la mano me soltó.
Ya más no quise esperar;
salime de allí llorando,
nuestra dicha a saborear…
(Don Anselmo hace esfuerzos por incorporarse, mas no
puede y se desploma en la poltrona.)
ANSELMO: ¡Me ahogo! (Comienza a morirse.)
LUCIA: ¡Jesús..!
ERNESTO: ¿Qué es esto?
ANSELMO: Ya nada en la vida quiero,
¡soy feliz..!
ROSA: ¡Padre..!
ANSELMO: ¡Me muero..!
LUCIA: ¡Padre de mi alma!
(En esta escena se arrodillan Ernesto y Lucía, de cada lado
de don Anselmo. Este toma en sus manos las de los dos. Rosa
queda en pie.)
ANSELMO: ¡Ernesto!
La misión ha terminado…
Sé el amparo de las dos.
A mí… ya me llama Dios…
Y alegre… vuelvo… a su lado…
Siento… infinito… placer… (Muere.)
ERNESTO: ¡Ha muerto ya..!
ROSA: ¡Padre mío..!
ERNESTO: ¡Adiós, Maestro..!
ROSA: ¡Qué impío
destino!
LUCIA: ¡No puede ser..!
¡Padre..! ¿No me oyes? ¡Soy yo;
Lucía, tu hija querida!
¡Muerto..!
ROSA: ¡Hermana de mi vida!
¡Para siempre nos dejó! (Se abrazan.)
ERNESTO: (Separándolas.)
¡No hay que aumentar el dolor
ni entregarse al desconsuelo;
que si el mártir se fue al cielo,
aquí les queda mi amor!
TELON
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