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Nuestra Señora de la Conquista
Hernán Cortés dejó a los naturales de Tabasco una estatua de madera de la Virgen de la Victoria al abandonar nuestras costas el lunes santo, 18 de abril de 1519.
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NUESTRA SEÑORA DE LA CONQUISTA

Hernán Cortés dejó a los naturales de Tabasco una estatua de madera de la Virgen de la Victoria al abandonar nuestras costas el lunes santo, 18 de abril de 1519, para proseguir su viaje a las regiones sometidas al poderoso Imperio de los Aztecas.

El conquistador asesinó a Cuauhtémoc el último emperador mexicano, así como a otros varios señores y caciques indígenas, esto provocó una profunda indignación causó entre los ahualulcos y chontales aquel acto de crueldad, y la guerra contra los extranjeros fue decretada por los ancianos y sacerdotes.

Los caciques rechazaron a los enviados de los españoles o los asesinaron sin oír sus proposiciones de paz y  acordaron quemar la ermita construída en la Villa de la Victoria, la cual servía de adoratorio a la virgen obsequida por Hernán Cortés.

Vivía en Cintla por aquel tiempo una doncella indígena, que, aunque del catolicismo no conocía ni el nombre, había cobrado gran cariño y veneración a la virgen española, acaso por cierto refinamiento estético que la distinguía de sus paisanos, y la hacía aficionarse más a aquella agraciada y blanca diosa tan distinta de los ídolos que en su tierra eran admirados por la ignara multitud.

Desde que los conquistadores dejaron en Tabasco la aludida estatua de la virgen, la indiana doncella tomó aversión irresistible a los dioses que antes adoraba. Ya no volvió a prosternarse ante aquellos monstruos de barro cocido, de anchos corpachones y piernas flacas y endebles, sentados a la turca o en cuclillas, que más que divinidades parecían enormes sapos u horribles renacuajos dislocados en imposibles contorsiones. ¡Cómo aborrecía aquellas diosas ventrudas y despatarradas, de ojos de pájaro, redondos y saltones, con unas bocas de oreja a oreja, que resultaban tan ridículas como espantables!

Foto: Nuestra Señora de la Asunción de María. Cupilco, Comalcalco.

Llegó a noticia de la doncella lo que los sacerdotes y ancianos trataban de hacer, y una congoja indescriptible se apoderó de ella al considerar que su diosa venerada iba a ser presa de las llamas, que no respetarían ni su belleza ni la apacible dulzura de aquel semblante agraciado y seductor.

Pero la joven cintleca no era de las que se dejan abatir por el dolor; pronto el instinto de su sangre se despertó en ella y tomó la determinación firme e inquebrantable de librar de la chamusquina a la que ella llamaba, y en realidad era, su ídolo. Para realizar su intento, púsose de acuerdo con el hijo del cacique del lugar que hacía tiempo la asediaba requiriéndola de amores, y prometióle que no volvería a herirle con sus desdenes y esquiveces; que sería suya para siempre, si la ayudaba a ocultar la bella imagen traída por los “hijos del sol” antes de que se consumara la orden de reducir a cenizas la ermita.

El otro aceptó por de contado y, como era valiente y poderoso, no vaciló un punto ofreciendo a su amada hacer todo lo que ella quisiera. En la noche de ese mismo día se introdujo sigilosamente en el santuario de la sagrada imagen y, merced a las tinieblas que todo lo envolvían, sin que nadie se percatara de ello, llevóse consigo la virgen y fue a esconderla en un antiguo sepulcro abandonado que se hallaba en las cercanías de Cintla, en el fondo de un bosque del que se alejaba la gente indiana sin atreverse a penetrar en su espesura, porque cierto rumor atribuía a la sombra de aquellos centenarios árboles, una maléfica influencia.

Más tarde, cuando el Adelantado don Francisco de Montejo vino a pacificar la Provincia, encontró durante una de sus excursiones, la imagen de nuestra señora de la Victoria en aquel sepulcro ruinoso que la había preservado de la intemperie durante largo tiempo, conservándola intacta, casi tal como cuando fue traída por la escuadra conquistadora que condujo don Hernando Cortés a nuestras playas.

Según otra versión, que nos ha dado a conocer un distinguido caballero que conserva en Yucatán antiguos y curiosísimos manuscritos y cronicones, lo de la devota doncella indígena y el robo de la imagen atribuido por la tradición al hijo del cacique de Cintla, es pura invención de algunos espíritus incrédulos, pues el caso pasó de muy distinta manera, como verá el que siguiere leyendo.

Cierto que alguien, doncel o doncella, actual o pretérita, trató de sustraer a la Virgen de la Victoria de la ermita en que había sido colocada antes de que se consumase el incendio; pero los naturales llevaron tal prisa en su obra de destrucción, pusieron mano en ella con tal premura, que el amigo o amigos de la Virgen, tuvieron que quedarse con los deseos de salvarla del fuego.

Mas, he aquí lo sorprendente: a pesar de que las llamas se elevaron en grandes penachos rojos hasta el cielo con infernal chisporroteo; que crujieron las vigas y saltaron hechas tizones; que varales, y setos vinieron a tierra entre espesa humareda; nada, ni el más ligero daño sufrió la histórica y sagrada imagen, la cual, en medio de aquella hornaza, surgió enhiesta sobre su rústico altar, sirviéndole las llamas, en vez de dañarla, para hacerla aparecer con más pompa y majestad a los ojos de los asombrados naturales, quienes, en presencia dé aquel prodigio, cobraron tal respeto a la diosa blanca, que no osaron tocarla en lo adelante, y si no le tributaron adoración, tampoco intentaron nada en su contra, dejándola sola y abandonada sobre su carbonizado pedestal, hasta que, algún tiempo después, dio con ella en aquel sitio una partida de castellanos que, a las órdenes de cierto sobrino del Adelantado Montejo, hacía una batida por las famosas llanuras de Cintla.

Admirados de tal hallazgo y enterados del milagroso suceso referido arriba, por las noticias que de él acertaron a dar algunos cautivos que acababan de hacer, volviéronse a su real y al siguiente día llevaron en procesión solemne la imagen, a la cual dedicaron más tarde un templo en la Victoria, en el que fue adorada hasta el año de 1596, en que la Villa quedó destruida por los piratas ingleses.

Dicha imagen es, según aseguran quienes pueden saberlo, la misma que hoy se halla en la Catedral de Villahermosa, venerada bajo el nombre o advocación de Nuestra Señora de la Victoria o de la Conquista, y que durante la dominación española era sacada en procesión solemne precedida del pendón real cada 25 de marzo en conmemoración de la conquista de Tabasco, procesión que salía de la parroquia de Villahermosa que se hallaba en el centro de la plaza principal y recorría la calle que hoy es del 5 de Mayo, tomaba a la izquierda por la del “Calvario,” hoy “Zaragoza,’- y tornaba por la de “Esquipulas,” hoy “Constitución,” para entrar de nuevo en la parroquia por la puerta principal.

 

*Nota: La imagen desapareció durante la persecución religiosa de Tomás Garrido en los años 30 del siglo XX.

 

Fuente:

 

1.- Santa Anna, justo Cecilio (1979). Tradiciones y leyendas tabasqueñas. Segunda edición, Gobierno del estado de Tabasco.